La Falange y lo
social
EL MOVIMIENTO OBRERO EN LA FALANGE
Preámbulo
1.- Las J. O. N. S. Gutiérrez Palma. Las C. O. N. S.
2.- Gerardo Salvador Merino. El Estado Totalitario Sindical.
3.- José Antonio Girón de Velasco. Posibilismo en el Régimen.
4.- El tema social en la Falange del 2003.
Preámbulo
Hablar del tema social en la Falange es hablar de uno de los
principales pilares sobre los que se levanta la ideología
nacional-sindicalista, una ideología que aspira a la convivencia
apacible dentro de un sistema donde impere una auténtica Justicia
Social. La dignidad del hombre, la grandeza que el mismo adquiere
por la dignificación mediante el trabajo, es algo totalmente
indispensable para alcanzar la plena libertad del individuo. Y la
Justicia Social, esa Justicia Social con mayúsculas que han
reclamado los nacional-sindicalistas a lo largo de sus más de
setenta años de historia, solo se habrá conseguido cuando los
hombres alcancen esa grandeza aupados por la dignidad que el trabajo
les confiere y por el saber y el conocimiento que verdaderamente les
haga libres.
El presente trabajo pretende clarificar esos conceptos que lo social
ha tenido a lo largo de la andadura de este movimiento, desde sus
inicios hasta nuestros días, desde los difíciles y convulsos tiempos
fundacionales, hasta el cerco de silencio que dificulta la expansión
de nuestra doctrina en estos días también difíciles, pasando por
aquella época donde, tras tres años de cruenta guerra civil, y tras
los duros avatares de la primera posguerra, el concepto de lo social
en la Falange se aupó, desde los Ministerios de Vivienda, Industria,
Agricultura y, fundamentalmente Trabajo, a la cima desde la que
legislar socialmente tal como se había previsto en su ideario, para
unos, o tal como se pudo debido a la situación en la que vivía
nuestra nación hasta casi la llegada de la década de los sesenta,
para los otros.
Estableceremos para ello, en la primera parte, una triple división,
aunque la frase suene tan contraria, por combatido el término, a
José Antonio, y que será estrictamente temporal ciñéndonos a tres
periodos concretos: el primero, prácticamente desde el nacimiento de
la Conquista del Estado hasta las elecciones de febrero de 1936
donde la República pierde su legitimidad como Estado de Derecho; el
segundo, la etapa comprendida entre 1939 y 1941, cuando tras la
finalización de la Guerra Civil se plantea una ruptura total que
sirva de cauce para una verdadera Revolución y transformación del
Estado y el tercero, desde 1941 a 1957, donde se puede aplicar la
ideología social falangista, dentro de un posibilismo aceptado,
plasmándose en las Leyes que serán la base del Estado en estos temas
hasta 1978. Finalmente, en la segunda parte del trabajo, y a modo de
epílogo, se tratará el periodo desde esta fecha hasta nuestros días
comparando la situación actual con lo que el nacional-sindicalismo
preconiza o, al menos, pretende denunciar en estos momentos.
1.- SINDICATOS Y AGITADORES NACIONAL-SINDICALISTAS. Gutiérrez Palma.
"Así muchos de nosotros, que desde nuestra primera hora
revolucionaria trabajamos junto a la bandera roja de los sin patria,
llegó un momento que vimos con claridad que nuevos soles comenzaban
a alumbrar a la Patria del Pan y de la Justicia, eclipsando a la luz
mortecina de las estrellas de cinco puntas, que a lo sumo nos
enseñaban minúsculas raciones de rancho cuartelero, sin familia y
sin tierra. Así nacimos al Imperio los primeros obreros
nacional-sindicalistas, entre estrellas sin rumbo, tristes y
decadentes y soles nuevos de Patria, Pan y Justicia."
He querido, con estas palabras de Emilio Gutiérrez Palma, centrar la
conferencia con un alegato contra la falacia, repetida como cansina
letanía dentro del sistema político actual, y que pretende confundir
al ciudadano confiriendo a la Falange, en sus orígenes, el status de
grupo de señoritos, guardias de la porra y pistoleros que
defendieron, haciendo el trabajo sucio, los intereses de la derecha
monárquica y reaccionaria que representaba Gil Robles en el
Parlamento de la II República. El movimiento nacional-sindicalista
nace y triunfa con el liderazgo personal y político de José Antonio,
con las aportaciones ideológicas y estéticas de Ramiro, con la lucha
incansable y los ribetes tradicionales y católicos de Onésimo, la
estrategia, el arrojo y el valor de Ruiz de Alda, la intelectualidad
de Sánchez Mazas, Ridruejo, Foxá o Alfaro y la entrega disciplinada
de obreros como Gutiérrez Palma, Manuel Mateo, Sotomayor o Moldes.
Obreros que escuchan y comprenden a José Antonio cuando les dice que
no se puede hablar de Patria a un pueblo que no tiene el Pan y no
conoce la Justicia. Obreros que para alcanzar la Patria lucharán
codo con codo junto a sus líderes, sus estrategas, sus ideólogos y
sus intelectuales para conquistar el Pan y la Justicia.
Los primeros pasos sindicales, en los tiempos del primer bienio de
la II República, deben darse obligados por la propia dinámica del
sistema político imperante. Los sindicatos marxistas copaban la
afiliación de los trabajadores de la joven República y eran la U. G.
T. y la C. N. T. quienes aplicaban una unidad y disciplina sindical
impidiendo incluso trabajar a quien no se encontraba en posesión de
un carné sindical, preferentemente, por supuesto, de una de las dos
citadas organizaciones. Contra esta dictadura sindical habían
surgido, alentados por obreros considerados no internacionalistas,
unos grupos de oposición perfectamente disciplinados y que, actuando
con el mayor secretismo, flagelaban con su acción demoledora la
unidad y disciplina sindical de la que hablábamos antes. Cuando
estos grupos oposicionistas entienden que si su labor destructora
fuera acompañada de una eficaz tarea constructiva sus frutos serían
mayores, surge la necesidad de crear un sindicato propio. Y aquí, la
labor de captación de unos jóvenes obreros nacional-sindicalistas
vallisoletanos, les arrastra a la formación de un nuevo sindicato
que nace a finales de diciembre de 1932, antes del propio nacimiento
de Falange Española, y que se llamarán Sindicatos
Nacional-Sindicalistas Autónomos e Independientes.
En menos de un mes se logró la aprobación gubernativa de los
estatutos, las instancias, cuadros de mando y gente suficiente para
montar los sindicatos de mecánicos y conductores de automóviles y
similares; industria hostelera y similares y se dieron los primeros
pasos para la creación de una Federación Sindical Agraria. Todo ello
en Valladolid solamente puesto que en Madrid, el otro foco de
relativa importancia en el incipiente nacional-sindicalismo creado
bajo la influencia de Ramiro Ledesma, la actividad sindical poco o
casi nada había logrado. En un periodo de seis meses, la provincia
castellana contaba con diecisiete sindicatos creados y algo más de
3.000 afiliados.
El siguiente paso se dará en marzo de 1934, tras la fusión de
Falange Española con las J. O. N. S., cuando el Triunvirato Nacional
formado por José Antonio, Ramiro y Ruiz de Alda ordene a Sotomayor y
a Camilo Olsina la creación de un sindicato propio, tarea a la que
se unen un anarquista, Moldes, un ex comunista, Mateo y un
sindicalista católico, Medina. Juntos, la primera decisión que
toman, y así lo comunican al Triunvirato Nacional, es la colocación
de todos los obreros en paro forzoso que había en Madrid y que se
calculaban en unos 100.000. Para ello, el modo de trabajo consistió
en hacer un llamamiento a los parados donde se les proporcionaría un
volante para trabajar en un sector que, como hoy, parece de los que
más pingüe beneficio proporciona: las obras en construcción. El
éxito de la convocatoria realizada por la Falange topó con la
violencia de los sindicatos marxistas, causando incluso un
falangista muerto en las obras de Nuevos Ministerios y con la
cobardía de muchos patronos, que ante las amenazas, optaron por
ordenar a sus encargados no admitir ningún obrero de la Falange.
Y para colmo de estas incongruencias, cuando los obreros de Falange
no habían logrado trabajar más de un día sin ser despedidos, la
revolución de Octubre paraliza el país a causa de la huelga general
convocada en su apoyo por las izquierdas y, la patronal e, incluso
el Gobierno de la CEDA, solicitan trabajadores para atender tanto
trabajos privados como servicios públicos. Prensa, Tranvías,
Correos, Limpieza, Funerarias, etc.. son los trabajos que, bajo las
amenazas y las balas marxistas desempeñan los trabajadores
falangistas, sufriendo varios asesinatos a causa de ello. Finalizada
la huelga, estos son despedidos para que ocupen sus puestos de
trabajo los huelguistas de Octubre. Una vez más, el miedo y la
intransigencia de los patronos, les hicieron sordos a las
reclamaciones hechas por la Falange y devolvieron el trabajo a
quienes, en su mayoría, les iban a pasear posteriormente en el
trágico mes de julio de 1936. A pesar de ello, y gracias a la
resonancia de estas actuaciones, en Madrid, y con anterioridad a la
redacción de los 27 puntos doctrinales de FE de las JONS, se crea la
Central Obrera Nacional Sindicalista ( C. O. N-S ) que, muy pronto,
se extenderá a Zaragoza, Asturias, Burgos, Sevilla, Valencia y
absorberá a los vallisoletanos Sindicatos Nacional-Sindicalistas
Autónomos e Independientes que veíamos antes. Comercio, Transportes,
Artes Gráficas, Industria Hostelera y Similares, Ferroviario,
Construcción, Banca y Oficina, Oficios Varios consiguen, en un breve
espacio de tiempo, aglutinar 23.000 afiliados solo en la capital de
España.
La incipiente actividad sindical de las C. O. N-S se verá truncada,
al igual que la legalidad que dotaba como Estado de Derecho a la II
República, tras las elecciones celebradas el 16 de febrero de 1936.
Los centros de las C. O. N-S, al igual que los de la Falange fueron
clausurados y los dirigentes sindicales como Inglés, Rocatallada,
Pardina, Candial, Ayerdi, Luna, Abrain y Soria encarcelados por
orden gubernativa. La etapa de clandestinidad vivida entre febrero y
julio de 1936 se presta más a episodios épicos que a lo que
pudiéramos entender por una actividad sindical real y, la fecha del
18 de Julio, provocará también entre los obreros falangistas el
goteo de muertos y heridos que caracterizó a la organización en sus
inicios. Tras tres años de guerra, el 1 de abril de 1939 se
acometerá la tarea de reconstruir una nación devastada tras los
avatares políticos vividos durante los ocho años anteriores. Ahora,
la conquista de la Justicia Social no debería afrontarse desde la
lucha contra un sistema político injusto, contra unos patronos
miedosos y amenazados ni contra unos sindicatos vendidos a las
internacionales marxistas y a los sueños imperialistas del
bolchevismo. Había llegado el momento de implantar la Justicia
Social desde los cimientos de un Nuevo Estado que, el falangismo,
había contribuido a traer y proceder a edificar sobre las bases de
la ruina que habían dejado la Restauración y la II República.
2.- APORTES. HACIA EL ESTADO SINDICAL. Salvador Merino.
El Nuevo Estado surgido tras la contienda civil nacía,
principalmente, de la prodigiosa mente de Ramón Serrano Suñer,
cuñado del Generalísimo Franco quien, por su parte y desde 1937,
ostentaba el cargo de Jefe Nacional de Falange Española
Tradicionalista y de las J. O. N. S., Partido Único, embrión de lo
que posteriormente sería conocido como Movimiento Nacional, y donde
se había diluido parte del ideario falangista aunque se garantizaban
sus formas estéticas y propagandísticas tal y como habían sido
diseñadas por sus fundadores en los primeros años de la década de
los 30.
Al hilo de las modas imperantes en las grandes potencias europeas,
principalmente Italia y Alemania, aliados del bando nacional durante
la Guerra Civil, el nuevo Estado nace con el propósito de
convertirse en un Estado Totalitario, consideración asumida por el
ala más radical de la Falange que abraza esas consignas
totalitaristas como genuinamente revolucionarias. La situación de la
Falange se encuentra marcada por el asesinato de sus principales
dirigentes y el encarcelamiento en zona roja de gran parte de sus
cuadros de mandos. Los sucesos de Salamanca en abril de 1937 acaban
marcando la vida política del todavía joven movimiento y el objetivo
primordial, una vez producida la unificación con los
tradicionalistas, se centra en ganar la guerra. Al igual que sucede
con el partido, las C. O. N-S se extienden con rapidez por todo el
territorio bajo el control de los aún denominados rebeldes, pero
adolecen de una concreción ideológica del sindicalismo, no solo para
aclarar los objetivos inmediatos sino, especialmente, para paliar
las suspicacias y recelos que las consignas de las originarias J. O.
N. S., sobre todo, despertaban en los sectores más conservadores en
los que se había apoyado el Ejército el 18 de Julio.
No obstante, tras el Decreto de Unificación se decide confiar a los
falangistas la misión de crear una organización sindical que
supliera a los sindicatos y asociaciones profesionales prohibidas y
que existieron durante el Régimen anterior. Las dificultades de
llegar a un acuerdo en este campo debido a las divergencias entre
conservadores, monárquicos, carlistas y nacional-sindicalistas
aumentaban al considerar qué grado de subordinación debería tener
esta Organización Sindical respecto al Gobierno y al Partido Único
surgido en abril de 1937. Por otro lado, los sectores más
reaccionarios de los sublevados recelaban sobre el papel que
mantendrían en la dirección de la economía nacional y que, como
veremos a continuación, será determinante en el desarrollo de los
acontecimientos.
En el primer Gobierno de Franco, en enero de 1938, la recién creada
cartera de Organización y Acción Sindical queda en manos de Pedro
González Bueno, falangista muy en la órbita del todopoderoso Serrano
Suñer quien va a asumir la tarea de imponer unidad y orden en la
actuación de las asociaciones y organizaciones sindicales de
carácter económico. El Fuero del Trabajo, legislado bajo clara
inspiración de la Carta del Lavoro italiana, y la integración de la
mayoría de los sindicatos en la estructura gubernamental no fueron
suficiente aval para contrarrestar la resistencia que opusieron los
sindicatos católicos, agrarios y carlistas que aún subsistían para
someterse a la jerarquía falangista. Además, la presión de los
empresarios obligó hasta reelaborar, por tres veces, el Proyecto de
Ley de Bases de la Organización Nacional-Sindicalista para, tras no
ser aprobado por el Consejo de Ministros, provocar la desaparición
del Ministerio en agosto de 1939 y distribuir sus competencias entre
el Ministerio de Trabajo y la Delegación Nacional de Sindicatos,
organismo dependiente del Partido Único.
El Partido Único estaba controlado, desde la Presidencia de la Junta
Política, por el hombre fuerte del Régimen, Serrano Suñer quien, con
las facultades que este poder le confería, decidió asignar
nuevamente los sindicatos al Partido eligiendo para ello,
nombrándole Delegado Nacional de Sindicatos, a Gerardo Salvador
Merino, joven notario vallisoletano y que se había destacado en el
frente después de ocupar la Jefatura Provincial del partido en La
Coruña y de donde había sido destituido por sus veleidades
sindicalistas, que eran consideradas excesivas por un sector de los
alzados. Era el mes de septiembre de 1939 y, su cargo, dependía
exclusivamente del Vicesecretario General, Pedro Gamero del Castillo
y del Secretario General de FET y de las JONS, General Agustín Muñoz
Grandes. Salvador Merino se rodeó de gentes de su confianza, entre
los que se hallaban relevantes camisas viejas, sin que, en un
principio, nada hiciese presagiar la radicalización posterior y la
deriva totalitaria en la que desembocaría este proyecto. La
reestructuración fue total hasta llegar a la Ley de Unidad Sindical
de 1940 en la que se aseguraba el predominio de los Sindicatos
frente a las aún existentes asociaciones profesionales y
empresariales que quedaban fuera y que acabarían integrándose en los
mismos.
En octubre de 1940, Salvador Merino afirmaba que "ha de advertirse
que, dentro de muy pocos días, los Sindicatos Nacionales tendrán de
hecho y por derecho atribuciones de enorme trascendencia y
responsabilidad respecto a la ordenación económica nacional, con
vistas a una unidad, siquiera de instrumentación, de la política
económica del Estado." En diciembre de ese mismo año se promulga la
Ley de Bases de la Organización Sindical que, pese a no corresponder
en su totalidad con los proyectos y propuestas presentadas desde la
Delegación, fue saludada con alborozo por las jerarquías sindicales.
En este sentido, el Delegado Provincial de Barcelona, Pío Miguel
Izurzun, que controlaba una provincia con más de medio millón de
afiliados, declaraba que "la Ley termina con la libertad de los
jerarcas irresponsables del capitalismo, anula las fuerzas ocultas y
mágicas del poderío financiero. En una palabra, comienza
solemnemente la verdadera Revolución Nacional contra toda una serie
de siglos de orden antiespañol y anticatólico, de orden judaico,
capitalista y marxista."
Como podemos ver, el discurso sindical se radicaliza con un claro y
concreto objetivo: la implantación del Estado Sindical Totalitario.
Aunque las últimas frases de Pío Miguel Izurzun puedan parecer estar
inspiradas casi totalmente en el ideario de Onésimo Redondo, el
auténtico mentor y responsable de ellas era el líder del proyecto y
que no era otro que el propio Gerardo Salvador Merino. Su
nombramiento, directamente por Serrano Suñer, era a primera vista
políticamente intrascendente, destinado a ser un mero funcionario de
segunda fila, pero la radicalización en que desembocó el proyecto no
era nueva en el joven notario castellano. Tras ser nombrado por
Hedilla Jefe Provincial de La Coruña en 1937, Salvador Merino se
adscribe al grupo más radical de la Falange, aquellos cuya idea era
que urgía contrapesar en la organización la importancia de la masa
derechista asimilada a lo largo de la guerra. Por eso, con estos
inicios en el grupo que ideologizaba Dionisio Ridruejo no es de
extrañar que, en el boletín que publicaba la Delegación Provincial
de Barcelona se pudiesen leer en julio de 1940 cosas como
"encuadrados en nuestros Sindicatos existen una gran cantidad de
empresas y de productores que no se encuentran en su sitio. Que
están con nosotros por las circunstancias a disgusto. Su
incorporación a nuestros Sindicatos ha sido su mal menor. Expresado
en dos palabras: están incómodos. Denotan su casta judía y caciquil,
siguen haciendo política cobarde y destructora y quieren hacer
cundir en otros la desanimación; pero no saben cuan lejos están de
esto."
Cada vez más, la Delegación Nacional de Sindicatos asume su papel de
"refugio o reducto último de nacional-sindicalistas" como la definió
Germán Álvarez de Sotomayor en el I Congreso Sindical celebrado en
noviembre de 1940. Se consideraba que el Régimen nacido del 18 de
Julio no era el suyo y reclamaban más poder para la Falange, un
papel rector para la Organización Sindical en la economía nacional a
través de los Sindicatos Nacionales. Realmente, el poder jerárquico
de Salvador Merino crecía debido a la autonomía con la que se movía,
en parte porque a Serrano Suñer le interesaba para sus fines de
control del Estado, en parte porque la Secretaría General de FET y
de las JONS se encontraba vacante tras su abandono por Muñoz Grandes
y, entre sus dirigentes, existía una clara falta de liderazgo. La
ambición del Delegado Nacional de Sindicatos no tenía freno por lo
que Serrano Suñer le ofreció la cartera de Trabajo al objeto de
poder controlar, desde el Gobierno, la ya poderosa Organización
Sindical que, recordemos, pertenecía al Partido Único, pero Salvador
Merino se descolgó pidiendo la Secretaría General del Movimiento y
el Ministerio de Gobernación, ministerio que, en aquel momento,
compartía Serrano junto con el de Asuntos Exteriores.
Conocedor del órdago perdido ante el cuñado de Franco, el Delegado
Nacional de Sindicatos se acerca, en un primer paso, hasta los
falangistas más radicales, como el coronel Rodríguez Tarduchy o
Patricio González de Canales, descontentos con el Régimen y que
intentaron, incluso, acercarle a sus planes conspiracionistas. No
dispuesto a embarcarse en ese tipo de aventuras, en un segundo paso,
intentó granjearse el apoyo de los camisas viejas más reconocidos
como Pilar y Miguel Primo de Rivera, Mercedes Sanz Bachiller o
Martínez de Bedoya, pero estos, como veremos más adelante, ya
estaban amoldados al Movimiento y eran fieles al Caudillo. La suerte
política de Salvador Merino estaba echada y era cuestión de tiempo
que el Jefe del Estado le defenestrase junto a la estructura creada
en su Delegación. Consentirle el discurso radical con vistas a
dominar los sectores proletarios, vale, pero pretender tomar el
control de los medios económicos y alcanzar la cúpula del poder era
demasiado. Para ello, y como primer paso, el nombramiento como
Secretario General del Movimiento de otro camisa vieja y familiar de
José Antonio como era José Luis de Arrese tenía como misión
reorganizar las filas del Partido y desactivar cualquier veleidad
radical.
Salvador Merino regresa de un viaje a Alemania y afronta, con
idéntico discurso al que mantenía desde 1937, el II Consejo Sindical
ya con la presencia del nuevo Secretario General del Partido y bajo
la atenta mirada de Serrano Suñer. Como último rasgo de su arrojo,
en su alocución al Caudillo para ofrecerle los resultados del
Consejo y utilizando un tono que en nada parecía presagiar que el
Delegado supiese que fuera a ser cesado en pocas semanas, se atrevió
a exigir más poderes para sus Sindicatos y su aplicación con
inmediata fuerza coactiva para toda la Nación española y que se
dictase la inmediata y solemne proclamación de la más terminante
unidad política en el campo español bajo el mando de la Organización
Sindical. El 7 de Julio se casa en Barcelona partiendo de luna de
miel a Baleares. El Consejo de Ministros, donde Girón ya ha tomado
posesión como Ministro de Trabajo, acuerda por unanimidad su
destitución inmediata por su pertenencia a la masonería y a círculos
socialistas durante la II República a la vez que, junto a sus más
inmediatos colaboradores, se les expulsa de FET y de las JONS.
Manuel Valdés Larrañaga es nombrado Delegado provisional y acometerá
la tarea de depurar la Organización Sindical de Merino.
3.- Ministro de Trabajo (1941-1957). Leyes:
Seguro de Enfermedad (1942)
Plus de Cargas Familiares (1946)
Instituto de Medicina e Higiene y Seguridad del Trabajo (1944)
Subsidio de Invalidez (1947)
Jurados de Empresa (1947)
Universidades Laborales (1950)
SI LA MEMORIA NO ME FALLA (págs. 75 a 89).
Y, ahora, debemos volver unos meses atrás en la Historia para ver
como se desenvolvía, paralelamente, la construcción del entramado
que sustituyera al montado por la Delegación Nacional de Sindicatos.
La sustitución de un falangismo revolucionario hasta sus últimas
consecuencias por una política social, sindicalista, pero dentro de
unos límites aceptados por las diversas tendencias que se unieron en
Julio de 1936 contra el gobierno del Frente Popular. Como podemos
imaginar, la situación en mayo de 1941 era de bastante inquietud en
medios falangistas ante el empuje arrollador que la Organización
Sindical estaba realizando y al dificultad que, sobradamente, se
preveía iba a encontrarse esa valiente andadura. La dimisión del
entonces Gobernador y Jefe Provincial de Madrid, Miguel Primo de
Rivera, arrastró consigo la de otros cargos falangistas. Los
Delegados Nacionales parecían encontrarse en una especie de extraña
huelga que podía catalogarse como estado de pre dimisión e, incluso,
Pilar Primo de Rivera había firmado, aunque sin fecha, la suya
propia que había entregado al todopoderoso Serrano Suñer. Tal y como
acabamos de reseñar, la reciente llegada del Delegado Nacional de
Sindicatos, Gerardo Salvador Merino, procedente de la Alemania nazi,
había provocado una extraña situación cuando, anterior al II Consejo
Sindical, y en una cena ante unas cuarenta personas, alabó
sutilmente la organización del Estado alemán, canto que no era
compartido al completo por los falangistas, al no poder aceptar, por
el propio entendimiento de la vida y de la idiosincrasia
nacional-sindicalista, determinadas cosas del régimen nazi. No
obstante, las luchas entre los falangistas más radicales y los
amoldados al Movimiento fueron la causa del cambio que se preveía
independientemente que, como ya hemos señalado, acusaciones de
filonazi, masón o socialista fuesen las excusas en las
defenestraciones políticas.
El día 16 de ese mes, el propio Serrano Suñer comunica
confidencialmente a Girón la existencia de una crisis de gobierno y
que, en la remodelación prevista, la cartera de Trabajo caería en
manos de Jesús Rivero Meneses o del propio Girón. Los desorientados
falangistas, la mayoría de ellos en unos tiempos tan complicados,
acrecentaron su confusión al leer un artículo de Antonio Tovar,
hombre de Serrano, y que, publicado en Arriba, apuntaba una
peligrosa influencia del Partido Nacional Socialista o, lo que era
peor, del propio Gobierno de Adolf Hitler en el entorno falangista
más cercano al cuñado de Franco. Y todo esto apenas dos meses antes
que el propio Serrano, acompañado por Salvador Merino, pronunciase
el famoso ¡Rusia es culpable! que acabaría con los sueños e,
incluso, con las vidas de muchos de los falangistas que creían que
el Régimen del 18 de Julio no era estrictamente depositario del
ideario nacional-sindicalista primigenio. Posteriormente, se puede
comprobar como aquellos artículos, tenían como finalidad acabar con
el peligroso grado de poder que estaba alcanzando la Organización
Sindical. Realmente, el objetivo de Estado Sindical Totalitario
pergeñado por Salvador Merino se encontraba muy en la órbita del
Estado Totalitario que había diseñado Serrano Suñer. Este le
sobreviviría políticamente un año escaso y ambos caerían en un
ostracismo político que les acompañaría hasta el final de sus vidas.
Fue este enrarecimiento, causado por las luchas internas y promovido
o amparado por círculos políticos cercanos al Caudillo, entre los
que ya no se encontraba su cuñado, el que provocó que Franco llamase
a José Luis de Arrese y a Miguel Primo de Rivera para explicarles y
convencerles que él no era enemigo de la Falange diseñada por José
Antonio. El Caudillo sabía que hablaba para unos falangistas
sinceros, más católicos que socialistas, más racionalistas que
hegelianos y, sobre todo, más españoles que ninguna otra cosa. Así,
tras esta conversación, de la crisis sale un nuevo Gobierno donde
los falangistas de la vieja guardia conseguirían puestos claves en
el mismo. Arrese, como ya hemos visto y con qué misión, ocupó la
Secretaría General del Movimiento; Girón fue nombrado ministro de
Trabajo desde donde crearía una formidable y renovada estructura
para las difíciles relaciones entre empresarios y obreros y Miguel
Primo de Rivera fue nombrado titular de la cartera de Agricultura.
El hecho de que sustituyese a Larraz Benjumea, hermano del conde de
Guadalhorce y representante de la derecha más reaccionaria en el
anterior Gobierno, hizo albergar en los falangistas la esperanza que
acometiese una Reforma Agraria de acorde a lo planteado en los 27
puntos iniciales. Pero dichas expectativas no se cumplieron en la
misma medida que Girón sí satisfizo los deseos franco-falangistas de
aplicar el nacional-sindicalismo e intentar borrar esa idea de
revolución pendiente que aún planea sobre quienes nos consideramos
falangistas en 2003. Su éxito, el de Girón, quizás, estuvo en
plantear una línea política del tipo que hoy denominaríamos
populista sin pretender, y tal vez como hubiera correspondido desde
un sentido estrictamente revolucionario, el cambio de la estructura
del Estado en todos sus aspectos, tanto sociales como económicos.
Así las cosas, el día 19 de mayo se publica el nombramiento de Girón
como Ministro de Trabajo. Con veintinueve escasos años, la posesión
de ministerio ante la madurez de los altos cargos del departamento
no podía despertar, en estos, sino una cierta ironía no carente de
despecho. No podía parecer lógico que el desembarco de alguien que
se había caracterizado por la lucha directa, en la calle durante la
II República y en las trincheras mientras la guerra, desconocedor
incluso de los organigramas del entramado administrativo, alterase
la labor cansina de quienes poseían brillantes historiales
administrativos. Pero el joven ministro no estaba dispuesto a
amilanarse y se presentó dispuesto a desarrollar sus ideas
doctrinales con la certidumbre, según sus propias palabras, de que
los españoles llevaban más de cien años esperando la hora de una
auténtica Justicia Social. Sabía que podía cesarles en su función
política pero no en su función administrativa puesto que, con el
absoluto desconocimiento del funcionamiento burocrático y la escasez
de cuadros falangistas capaces de acometer esa tarea, la situación
se hubiese tornado en un auténtico caos. No obstante, la
confirmación en sus cargos llevaba la implícita amenaza de
destitución en el caso de que alguien se desviase de los propósitos
falangistas de Girón en la política del Ministerio. Aunque quizás
también fuese esta concesión una de las principales trabas para que
el nacional-sindicalismo no alcanzase aún cotas más altas en el
Régimen de Franco. Tras el cese de Salvador Merino, Girón de Velasco
personificaría la imagen de la política social falangista en el
Régimen de Franco.
Y ese ideario se basaba en que Falange Española, desde sus orígenes,
fue, según declaraciones del propio Girón, algo más que una alegre,
bulliciosa y heroica tropa juvenil que, únicamente, seguía a un
líder y una bandera. Desde la Conquista del Estado y las primigenias
J. O. N. S. , el nacional-sindicalismo había irrumpido en la vida
política con el ánimo de romper el círculo vicioso en que venía
debatiéndose la vida de los hombres a lo largo de la Historia. El
liberalismo económico y las teorías de aquel hombre nefasto llamado
Juan Jacobo Rousseau, junto con otras criaturas engendradoras de la
Revolución Francesa, habían obtenido una amplia cosecha de retórica
formalista junto al atractivo espejismo de la libertad y de la
igualdad. Pero dichos conceptos no sirven para nada si el ser humano
no puede aspirar a ellos en idénticas condiciones con los demás.
Para Girón, las palabras de José Antonio en el discurso de la
Comedia se convierten en dogma político. El Jefe había dicho que "El
Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica porque, a
los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: sois libres de
trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas
u otras condiciones; ahora bien, como nosotros somos los ricos, os
ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos
libres, si no queréis no estáis obligados a aceptarlas; pero
vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que
nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima
dignidad liberal. Por eso veríais cómo en los países donde se ha
llegado a tener parlamentos más brillantes en instituciones
democráticas más finas, no teníais más que separaros unos cientos de
metros de los barrios lujosos, para encontraros con tugurios
infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un
límite de decoro casi infrahumano (...) Por eso tuvo que nacer, y
fue justo su nacimiento, el socialismo. Los obreros tuvieron que
defenderse contra aquel sistema, que solo les daba promesas de
derechos, pero que no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
El socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella
esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero en la
interpretación materialista de la vida y de la historia; segundo, en
un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de
la lucha de clases."
El nacional-sindicalismo, el ideario doctrinal falangista que Girón
pretendía llevar a cabo en la sociedad española desde su puesto de
Ministro de Trabajo era la implantación de un sistema de Justicia
Social donde el obrero no fuese ese instrumento del capital como
medio indispensable en la producción ni tuviese que hacer del
empresario su ancestral y mortal enemigo a consecuencia del
dogmatismo que el marxismo establecía en su irrenunciable lucha de
clases. Y para ello, para conseguir alcanzar la plena libertad
humana propugnada por los falangistas, el hombre debía ser dotado de
la única palanca que le podía permitir alcanzarla: el dominio de la
cultura. Reconstruir desde los mismos cimientos la sociedad y así,
establecer una igualdad de oportunidades, sin exclusión alguna, que
la garantice, incorporando a los hombres al trabajo, evadiéndolos de
la esclavitud del peonaje irredento, protegiéndolos frente al
infortunio de su futuro individual hasta llegar a la cultura por
medio de aquel gran invento que fueron las Universidades Laborales.
Porque nada es consistente si el hombre no goza de la plenitud
humana que le da el saber y, sin partir de este principio, no se
puede hablar de revoluciones. La revolución nacional-sindicalista
trata de recuperar al hombre, sacarlo de su inseguridad o
indigencia, para poder realizar su auténtico destino – salvarse o
condenarse – dentro de los cauces de una estricta naturalidad. Y es
de esta raíz teológica, de la base que Dios otorgó libre albedrío al
ser humano, de donde nacieron las fuentes de la tradición en las que
bebía la doctrina nacional-sindicalista. Y aún hoy, cuando las
circunstancias del liberalismo capitalista y del socialismo no son
las mismas contra las que arengó José Antonio y puso Girón su
maquinaria en marcha, cuando hoy el patrón y la empresa han sido
engullidos por las multinacionales y el socialismo domesticado en la
parafernalia de la socialdemocracia, nuevamente el
nacional-sindicalismo es la doctrina superadora que garantice una
auténtica Justicia Social y una dignidad real en el obrero.
José Antonio Girón propugna una fórmula de democracia social,
mediante el verticalismo sindical, sobre un sistema de
representación orgánica que lograse para España la estabilidad sobre
un imaginario trípode apoyado en la economía, el trabajo y la
convivencia. Y no hubiera sido posible acometer esa tarea sin buscar
el apoyo de otros dos ministerios tan cercanos a los obreros como lo
eran el de Industria y el de Agricultura. Con Juan Antonio Suanzes,
abordando la tardía revolución industrial que nos habían negado los
gobiernos de la Restauración y el convulso final del siglo XIX, y
con Rafael Cabestany en su afán de transformación del medio rural,
agrícola y ganadero, la labor de Girón en defensa de los obreros
alcanzaba cotas legislativas inimaginables y, hasta cierto punto,
recordadas con añoranza hoy en día por quienes no anteponen sus
odios viscerales a sus pensamientos racionales. La creación del
Seguro de Enfermedad en 1942 fue el preámbulo del Decreto de
creación de la Seguridad Social que firmó un año más tarde. La
creación del Instituto de Medicina e Higiene y Seguridad del Trabajo
de 1944 y el Plus de Cargas Familiares de 1946 garantizaban la
salubridad en el trabajo y el apoyo a las familias; el
establecimiento de las gratificaciones obligatorias de Navidad y
Julio y la creación del Servicio de Montepíos y Mutualidades
Laborales o el Subsidio de Invalidez fueron un paso hasta la
creación de los jurados de empresa en 1947, superadores de la lucha
de clases que aún propugnaba el marxismo en aquellos años. Y
finalmente, como último peldaño en esa ficticia escalera hasta dotar
al hombre de saber como única palanca para alcanzar la libertad, la
creación de las Universidades laborales en 1950 suponen el punto
álgido de una política social que finalizará en los albores de 1957.
Partiendo desde el cero absoluto, desde una España quebrada y un
mundo en guerra, Girón, con sus personales ideas políticas y
sociales, penetraría hasta la médula en el proceso renovador de una
España desnuda sobre el desierto de sus ruinas. Y decimos hasta
1957, fecha en la que una tecnocracia, exenta de emociones y
virtudes nacionales, anegó los manantiales ideológicos del
nacional-sindicalismo en servicio de aún no sabemos que extraña
eficacia. Tras dieciséis años al frente del Ministerio de Trabajo,
con Girón desaparece de la política española el halo romanticista
del nacional-sindicalismo pre-bélico y llevado a la práctica en los
términos que pudo llevarse a cabo, con los medios a su alcance y
pese a los impedimentos lógicos en un Movimiento que, a pesar de su
parafernalia de Partido Único, nunca a lo largo de su existencia
pudiéramos calificarlo como monocolor.
4.- 1957-1975. AGONIA DEL REGIMEN. 1975-2003.
Hemos visto pues, que con Gerardo Salvador Merino se pretende una
auténtica revolución que varíe las estructuras del Estado y, a cuyo
fin, se produce su trabajo en los dos años en que ostenta el poder
sindical dentro del Régimen. Con Girón, más realista que utópico,
más racional aunque no exento de un campechano visceralismo, se
acomete la tarea de legislar dentro del posibilismo que ofrece el
Régimen surgido tras una larga guerra civil. Después de Girón, y
cuando el devenir de los acontecimientos desembocará en el suicidio
de las Cortes franquistas al promulgar la Ley de Reforma Política en
1976, la legislación social de finales de ese Régimen digamos que
sigue el curso que había marcado la retórica falangista. Así, las
leyes y las Ordenanzas Laborales continúan en la órbita señalada por
la normativa iniciada por Girón y no van en contra de lo legislado
en esa época. Y no será hasta 1980, hasta la promulgación del
Estatuto de los Trabajadores, cuando comience el total
desmoronamiento de la legislación social existente, a veces, y como
sucedió con el desmoronamiento de tanta y tanta normativa legal, por
el solo hecho de cambiar lo establecido en un Régimen que pasaba a
ser denostado incluso institucionalmente, y que nos llevaba a una
realidad virtual donde, aún hoy que han transcurrido más de
veinticinco años, parece que el Estado implantado durante casi
cuarenta años en España, fue una componenda de dos o, a lo sumo,
tres militares que, sublevándose contra una República idílica y
apacible, aprovecharon en su beneficio pisoteando para ello los más
elementales derechos del pueblo español que, si bien les denostaba y
repudiaba, fue incapaz de derrocarles en ese periodo debido a lo
sanguinario y atroz que era el régimen dictatorial.
Pero volvamos a coger el hilo de la conferencia y dejemos ese tema
para los historiadores. Para los buenos historiadores, porque
rescribir la Historia, tal y como hoy en día vemos que se está
intentando, no supone más que evitarnos el conocimiento de lo que
realmente sucedió con el riesgo que eso conlleva en cuanto a que no
podremos aprender de los errores del pasado para que no vuelvan a
repetirse. Tras la muerte de Franco son de nuevo legalizados los
sindicatos de clase, entendidos como aquellos los que defienden los
intereses generales de la clase obrera, a la que se concibe como un
universo definido y homogéneo, frente a intereses sectoriales y, en
esta época, sobrevivirá de la época republicana la socialista U. G.
T. y tomarán inusitada fuerza las comunistas CC. OO. Es curioso que
CC. OO. tengan su origen en el nacional-sindicalismo opositor al
Régimen de Franco, en los que consideraban que la Revolución
nacional-sindicalista aún estaba pendiente y había que llevarla a
cabo hasta sus últimas consecuencias . El tema de estos
nacional-sindicalistas, figuras como Ceferino Maestú, Narciso
Perales, Patricio González de Canales, en suma, de este movimiento
obrero del falangismo en la oposición no ha sido tratado en esta
charla porque considero que da lo suficiente para un estudio aparte.
Pero sí he querido reseñar que las CC. OO. que salieron a la luz
pública en 1977 nacieron de un embrión nacional-sindicalista, los
Círculos Manuel Mateo, y que fueron usurpados por los comunistas
españoles que encabezaría durante la transición Marcelino Camacho.
Estos dos sindicatos, U. G. T. y Comisiones, decimos, son los que
abanderarán el movimiento obrero dentro del Régimen nacido de la
Constitución de 1978 que, en su origen, no es sino una continuación
o reforma del que bajo mandato de Franco gobernó tecnocráticamente
tras la caída de los falangistas en 1957.
Y por sus obras los conoceréis. A los sindicatos. Desaparecido el
marxismo de la doctrina del P. S. O. E. y diluido el comunismo en
una amalgama de siglas conocidas con el genérico de I. U., los
sindicatos españoles aparecen más en los noticiarios debido a sus
múltiples escándalos, en la construcción (cooperativa de viviendas
de la PSV) o en lo económico (fraudes en cursos de formación
organizados al amparo del FORCEM) que por una defensa de la clase
trabajadora a la que dicen representar. Las huelgas generales
planteadas a lo largo de este periodo han tenido más carácter
político que social y han ido encaminadas a presionar a los
distintos gobiernos para su propio beneficio. De esta manera es de
la única que podemos explicar la existencia de los contratos basura,
de la economía sumergida, del desempleo limosnero, de la vigencia de
un salario mínimo interprofesional con el que, al precio que está
hoy en día, por ejemplo, la vivienda, exigiría trabajar única y
exclusivamente e ininterrumpidamente durante treinta y cinco años
para alcanzar ese derecho social que es una vivienda digna y que nos
garantiza, junto a un trabajo asimismo digno, pomposamente la
Constitución del 78.
Y son ellos, los poderosos sindicatos de clase que sustituyeron al
verticalismo sindical de Girón y, tan lejanos a los sueños de Estado
Sindical de Salvador Merino o al movimiento obrero de la Falange
durante la II República, quienes primero explican a sus escasos
afiliados en particular y a la clase obrera en general que este es
el nivel de vida deseado y el mejor de los posibles. Son quienes
permiten que un exiguo porcentaje del más de un millón ochocientos
mil parados reciban una limosna lisonjera o se jueguen su vida y su
dignidad en la economía sumergida, sin derechos, sin seguridad, y
para que, incluso, algún juez les condene por su propio accidente
que les ha dejado inválidos para toda la vida pero, eso sí, con
todos los deberes del mundo, para pagar un costosísimo precio por
unas zapatillas deportivas o una camiseta con el nombre de su ídolo
futbolístico que han fabricado niños esclavos en lo que conocemos
como el tercer mundo. Como ejemplo contrastado de esta esclavitud
podemos señalar la situación de una empresa china, situada en la
ciudad de Shenzhen y donde la multinacional norteamericana Mc
Donald´s ha encargado los muñequitos de plástico que regalará estas
navidades junto a sus menús infantiles. Más de cinco mil niñas,
conocidas como dagongmei o niñas trabajadoras, de entre doce y
diecisiete años, trabajan entre catorce y dieciocho horas diarias
para hacer frente al pedido. Disponen de quince minutos para comer y
cuatro escasas horas para dormir en la planta de arriba de la propia
fábrica antes que una estruendosa sirena las devuelva al tajo. El
sueldo es de 0,16 euros por hora. Pero claro, para nuestro
sindicatos esa situación se les antoja muy lejana a pesar de vivir
en una sociedad globalizada. Y que los trabajadores españoles no
puedan competir en el mercado en esas condiciones tampoco parece
afectarles en su devenir sindical cotidiano.
Y son estos sindicatos los que son incapaces de acabar con los
contratos temporales, parciales, por meses, por días o por horas que
menoscaban la dignidad del ser humano; que le impiden organizar su
vida tan siquiera a un medio plazo para establecer y organizar una
familia y que les acabará hundiendo en la molicie, aquel vicio
contra el que Onésimo Redondo contraponía la virtud de la milicia. Y
son estos sindicatos los que han permitido la existencia del despido
libre en España, adornado con una nimia indemnización que,
tratándose de sociedades limitadas, de capitales ocultos, en algunos
casos ni se llega a pagar, como retribución pecuniaria a cambio de
la dignidad de la persona. Porque, con la legislación actual,
cualquiera puede despedir sin ningún motivo real, salvo su propio
capricho, a quien le venga en gana. Cuando el juez de turno de lo
Social dictamine, como lo hacen en más de un noventa y cinco por
ciento de los casos, la improcedencia del despido, o sea, el
reconocimiento de que el empresario no tiene razones legales para
destruir la relación laboral, es el mismo empresario quien toma la
decisión de la readmisión o el pago de la indemnización marcada por
la Ley. ¿No se les ha ocurrido pensar a los sindicatos que sería más
justo que esa trascendental decisión recayese en el trabajador?. ¿No
se han planteado cambiar ese artículo para que sea el obrero, quien
mayormente queda colgado con una leonina hipoteca, quien decida
continuar o no en su puesto de trabajo una vez que el juez dictamina
que su despido es improcedente porque el empresario no puede
demostrar las causas que le imputa en el mismo?. Parece ser que no.
Parece ser que es más importante reivindicar las limosnas que da el
Estado que la propia dignidad de los trabajadores. El despido
aleatorio y, en ocasiones, incluso vejatorio, no es lo realmente
importante. Lo que importa es que durante los siguientes seis o doce
meses el trabajador pueda cobrar el sesenta o el setenta por ciento
de su base de cotización y perciba una indemnización de cuarenta y
cinco días por año trabajado cuando, con la actual legislación
laboral en materia de contratos, casi llega a ser un logro poseer
una antigüedad de más de tres años en la misma empresa.
Y, para mayor abundamiento, han permitido que con la existencia de
las Empresas de Trabajo Temporal, las famosas ETT´s, el trabajador
pase a ser un medio de producción, susceptible de ser alquilado cual
si fuese una máquina imprescindible en la fabricación del producto o
equiparable a ese préstamo pecuniario necesario para que la empresa
continúe abierta un periodo de tiempo añadido a su, de por sí,
habitualmente corta vida.
Y no es que, evidentemente, toda la culpa de la actual situación
social sea única y exclusivamente de los sindicatos. Ellos han
aceptado su rol esencial en este sistema globalizador que, como por
arte de birlibirloque, ha conjugado las teorías más salvajemente
liberales del capitalismo económico con las más degradantes de la
cultura marxista-materialista que ha sobrevivido a la caída del muro
de Berlín.
El progreso que hemos alcanzado, según nos dicen, nos ha devuelto a
las escenas del siglo XIX, que aún subsistían durante la II
República, y que fueron erradicadas durante las décadas posteriores.
La imagen de las plazas de pueblo andaluzas, pobladas de braceros
semi hambrientos, que esperaban ser señalados por el capataz del
terrateniente y ser premiados con una peonada. Pues bien, ahora
podemos ver en la televisión que los capataces han cambiado sus
caballos por furgonetas pero, igual que entonces, recorren las
plazas de los pueblos donde se hacinan los braceros que serán
premiados con una peonada en la fértil huerta murciana. La
diferencia es que hoy los braceros son inmigrantes atraídos por un
falso bienestar debido a la poderosa influencia de los medios de
comunicación, portavoces oficiales del sistema globalizador con la
única misión de anular las voluntades del ser humano y privándoles
de ese acceso al saber que, como hemos visto antes, Girón
consideraba indispensable para que se pudiese alcanzar la plena
libertad.
Pero si los peones ahora no son españoles, ¿qué ha pasado con
estos?. Hubo un ministro socialista que, con la inteligencia que
puede caracterizar a quien sabe que habla a un pueblo dócil y
aborregado, expuso que los inmigrantes eran necesarios porque había
muchos trabajos que los españoles no querían hacer. Y puede que sea
cierto que los españoles no quieran realizar esos trabajos en
situación de semi esclavitud y donde, el retroceso en legislación
social, les convierte en simples elementos de la producción, en
impersonales números dentro del balance de pérdidas y ganancias de
una multinacional. Y claro que los peones españoles no quieren estar
de sol a sol cogiendo brócoli en Murcia cobrando a diez pesetas ( o
su equivalente en euros, que aún parece menor ) por kilo recogido,
sin seguridad social, sin un contrato estable o no quieren estar
catorce horas bajo los tórridos plásticos de los invernaderos del
desierto almeriense. Para ese sueldo y esa calidad de trabajo, que
vengan los marroquíes y, si protestan mucho, tenemos todavía a un
precio más barato a polacas, búlgaras o checas quienes, con tal de
huir de la miseria en que el comunismo dejó sus países, quizás
prefieran esa vida a estar en la barra de cualquier club de
carretera. Puestas a perder la dignidad, que tengan donde elegir.
Porque la verdadera lectura no es la de que se necesite mano de
obra, máxime si tenemos que contrastar ese dogma mediático con la
existencia de más de un millón ochocientos mil desempleados. La
verdadera lectura es que el liberalismo salvaje, el que controla los
parámetros económicos en la globalización, necesita que la balanza
entre la oferta y la demanda de empleo se incline de este último
platillo. Y para eso, si la mano de obra autóctona no acepta esas
condiciones laborales, importamos trabajadores como hubiéramos
podido importar tractores en los años setenta. Y cuantos más, mejor.
Legales o ilegales (preferentemente estos que, por el miedo a su
situación, son más sumisos). Y los españoles... que estudien para
ser algo, pero que no estudien para esos trabajos para los que salen
preparados en la Formación Profesional, que todavía recuerdan a
aquellos antiguos antros que, bajo el suntuoso nombre de
Universidades Laborales, se había inventado el fascismo con la
excusa que mediante el saber alcanzarían su libertad y dignidad como
seres humanos. No, que estudien una carrera universitaria, pero de
verdad, de las que han estudiado siempre los hijos de los ricos. Y
cuando el número de licenciados en derecho, solo en Madrid, ha
superado el número de abogados existentes en Gran Bretaña, cuando
los médicos sobran por todas partes y hay que inventar todo tipo de
triquiñuelas para que sigan estudiando antes de acceder al mercado
laboral, entonces, nos inventamos ostentosos títulos universitarios
como Ingeniero Técnico en Paisajismo y Jardinería o Licenciado en
Tácticas de Distribución y Optimización de Recursos Empresariales
pues, de lo que se trata es de pasar por la Universidad, realizar
masters al licenciarse y esperar, pausadamente, a que llegue el
puesto de trabajo soñado y estudiado que nos garantice el dinero
necesario para poder comprar el dvd, el coche, el teléfono móvil
último modelo, la pantalla panorámica y todos esos placeres
domésticos que nos garantizan el nivel de vida necesario para
considerarnos dignos en este sistema.
Y para ello, el paso de los españoles por la Universidad debe ser
única y exclusivamente con el fin de obtener un título. Porque la
Universidad española, hoy en día, no es un aula de cultura y de
saber. La cultura la debemos adquirir a través de los gurús que ha
designado el sistema y que nos imparten su sabiduría a través de los
medios de comunicación. Javier Sardá, Boris Izaguirre, Ana Rosa
Quintana o Teresa Campos transmiten más conocimiento y cultura a la
sociedad que los que puedan aportar Mariano Barbacid, Gustavo Bueno
o Fernando García de Cortázar. En esa sociedad, que ya se ha
acostumbrado a llamar a un rumano cuando le gotea un grifo, a que un
polaco le lleve la bombona de butano, a que las casas las construyan
peones marroquíes, a que las cervezas se las pongan ciudadanos
ecuatorianos, a que las aceras las barran nativos sub saharianos, el
aula de la cultura y el saber se encuentra en el salón de su casa,
prestando atención a la televisión y estudiando y asimilando esas
asignaturas que se llaman Crónicas Marcianas, Salsa Rosa o Gran
Hermano. Y, del mismo modo, esa sociedad se ha acostumbrado a
escuchar que el paro sube o baja, según que mes, pero que sigue
igual, que Cáritas denuncia que hay seis millones de personas que
viven en el umbral de la pobreza, que el cincuenta y tres por ciento
de las familias tienen dificultades para llegar a final de mes, que
más de dos millones de familias viven ahogadas en frustrantes
hipotecas, que tenemos un país con más de siete millones de
pensionistas sin contar quienes perciben prestación o subsidio por
desempleo o el tristemente famoso PER andaluz y extremeño. Y que
todas estas limosnas que el Estado otorga a sus súbditos, para auto
convencerse que no les abandona, son complementadas con la economía
sumergida, que tanto daño hace a la economía nacional y contra la
que tan poco protestan los sindicatos defensores de los obreros.
Por la causa que fuere, que nos dijeron que fue debido a nuestra
necesidad de entrar en Europa, pero ya no nos lo creemos, los
distintos gobiernos socialistas acometieron la reconversión de la
industria española que no era sino un eufemismo para certificar su
defunción. Lo que obtuvieron los sindicatos fue conseguir pensiones
para todos aquellos que debían abandonar sus puestos de trabajo:
pensiones de invalidez por sordera para los trabajadores de los
astilleros de Cádiz, pensiones por enfermedades bronquiales para los
de la minero siderurgia, pre jubilaciones a los cuarenta y cinco,
cincuenta y dos o sesenta años. En definitiva, la compra de la
dignidad que se alcanza mediante el trabajo a cambio de una paga
vitalicia que palie su subsistencia, pero nunca una férrea defensa
de tantos miles y miles de puestos de trabajo, directos e
indirectos, como se perdieron. Porque la economía española, también
nos dijeron que debido al precio que había que pagar por ser
europeos, pero seguimos sin creernos nada, debía olvidar la
producción y dedicarse únicamente a los servicios. Y esos servicios
que ofrecemos son los que aún no nos pueden quitar de aquí para
trasladarlos a otros países donde la clase obrera no tenga tantos
derechos sociales como en España se habían alcanzado. No pueden
trasladar el sol que garantiza la presencia de millones de turistas
en nuestras playas, restaurantes y hoteles. No pueden trasladar las
fértiles tierras del Maresme, de la huerta levantina o los viñedos
manchegos, aunque sí que nos hayan obligado a reconvertir gran parte
de la producción. Y no pueden construir en otros países tantas y
tantas viviendas y venderlas al precio que han alcanzado en España
para beneficio de esas constructoras y esos bancos que, con tanta y
tanta fusión, no se cansan de dar patadas en el trasero a sus
empleados enviándoles a una situación ociosa cuando aún les queda
por pagar más de la mitad de su hipoteca. Y como no se pueden llevar
estos medios de producción de riqueza al igual que hicieron con las
fábricas al árido y estéril Este que había dejado el comunismo, se
traen hasta aquí a los obreros de los países más subdesarrollados o
más exprimidos para pagarles sueldos míseros y obligarles a vivir
hacinados, junto a su extensa prole, al estilo que vivían los
obreros durante la II República y para cuya dignificación nacieron
los primeros sindicatos falangistas.
Junto a esas necesidades del capitalismo, la cultura residual
marxista, la otra columna en la que se apoya la globalización,
esconde la cabeza bajo el ala y propugna el famoso papeles para
todos en aras de un discurso humanista mal entendido,
principalmente, porque es un discurso al que le sobra materialismo y
le falta inspiración cristiana. Vuelven a levantar la bandera de la
igualdad y los derechos humanos para acabar justificando veladamente
la esclavitud. Vuelven a levantar la bandera de la libertad
entendiendo como tal lo que veíamos antes que proclamaba José
Antonio en su discurso fundacional y que me van a permitir que
repita debido a su vigencia actual "sois libres de trabajar lo que
queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras
condiciones; ahora bien, como nosotros somos los ricos, os ofrecemos
las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no
queréis no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos
pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos,
moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal."
Pero claro, en pleno siglo XXI, ninguno de los comunicadores del
saber que señalábamos antes, va a intentar culturizar al abnegado
pueblo español explicándoles la actual y, por desgracia, triste
vigencia de aquellas palabras de José Antonio, hace ahora más de
setenta años. Ahora también hay libertad para trabajar en las
condiciones que quieran los que tienen el poder y el dinero. Eso es
lo que entienden por libertad: el poder decir que no a unas
condiciones de semi esclavitud. El poder decir que no a una jornada
de más de ocho horas diarias o de cuarenta horas semanales. El poder
decir que no a percibir un salario mísero e indigno por el trabajo
realizado. Ante el hambre y la necesidad, ya habrá quien acepte esas
condiciones que convierten en papel mojado la ambigua legislación
social vigente. Y si no los hay aquí, los traeremos en autobuses, en
aviones o en pateras. Y cuando alguien como los falangistas
denuncien las condiciones infrahumanas en las que los obreros,
españoles o extranjeros, legales o ilegales, realizan su sacra labor
y reclamen dignidad para el ser humano, cultura y saber para que
alcancen su libertad, diremos que son racistas, xenófobos o,
incluso, nazis. Y los gurús de la desideologización satanizarán a
José Antonio para evitar que su preclaro y vigente mensaje pueda
hacer racionalizar su pensamiento a un indeterminado número de
personas. Y sacarán a Boris Izaguirre, personaje ensalzado por su
homosexualidad militante con la misma injusticia con la que se
demoniza a quien, hoy en día, se le ocurra declararse falangista
militante, vestido con el uniforme de unas ideas que representan
dignidad y libertad para ridiculizarlas e imbuir en los aborregados
y somnolientos telespectadores el mensaje de que las ideas de aquel
hombre, en representación de todos y cada uno de los
nacional-sindicalistas que han contribuido, a lo largo de la
Historia, al desarrollo de esta ideología, fueron las culpables del
ostracismo a que nos condenó el régimen franquista y nos privó de
esta paz, bienestar, libertad, seguridad y Justicia Social que
disfrutamos, cada día más, desde 1978.
Dicen que todos somos iguales. Pero sabemos que no es verdad. Hace
tiempo que alguien pronosticó, a toro pasado, eso sí, que si
Goebbels hubiese dispuesto de la televisión, el III Reich hubiese
durado mil años. Y eso que en esa profecía a posteriori, aún no se
conocía el internet como elemento de la cultura globalizadora.
Porque, incidiendo en lo señalado antes, el capitalismo se ha basado
del concepto marxista de masas para conseguir sus objetivos. Ese
concepto, tan denostado por despectivo por el nacional-sindicalismo,
ha sido el aprovechado por los ideólogos del sistema para controlar
a las denominadas masas, a esas masas que el marxismo les
contraponía al patrono y al capital bajo la pancarta de la igualdad.
Y el capitalismo les ha dado la igualdad cultural y la libertad de
elegir entre esto y lo mismo aún a costa de que pierdan su dignidad.
Contra esto, contra la realidad virtual de este sistema,
contraponemos nuestro concepto de sindicalismo. Nosotros entendemos
el sindicalismo como una forma de vida definida por un alto sentido
de la honestidad y del compromiso social. El sindicalismo debe ser
independiente y autónomo no pudiendo supeditarse a intereses
partidistas o sectarios. Por eso, rechazamos el modelo de correa de
transmisión de los sindicatos que conocemos en España: U. G. T.,
hija directa del P. S. O. E. e instrumento del partido para
controlar a los trabajadores dentro de las empresas y orientar sus
anhelos hacia los postulados del mismo, a encaminar el sentido de un
voto emitido cada cuatro años como único cauce de la soberanía
popular. Semejante a la relación que mantiene CC. OO. con el P. C.
E. centrando su actuación en colectivos muy definidos de
trabajadores: fijos, con contratos de larga duración, concentrados
en grandes empresas... olvidando sectores que, hoy por hoy, son
mayoría dentro de los obreros: eventuales, aprendices, en prácticas,
empleados en pequeñas o medianas empresas o trabajadores autónomos a
quienes, con exceso de sorna, consideran como empresarios. Al
contrario de lo que establece el sistema, nosotros consideramos el
capital como una herramienta al servicio del trabajo. Que
corresponde al Estado facilitar créditos blandos para el desarrollo
personal, social y económico reduciendo la tasa de interés al mínimo
rentable y que el sindicalismo, hoy, debe ser una palanca de
transformación social. Creemos en una tercera vía, superadora de la
autarquía y el librecambismo, que garantice la libertad, la
integridad y la dignidad de la persona, exigiéndole como único deber
el participar en el gobierno del común y aspirar a la conquista de
una vida realmente democrática, apacible y justa.
Pero el mensaje falangista recibe un muro de silencio, de
incomprensión y, a veces, hasta de odio, cara a la opinión pública.
Para mayor abundamiento quizás nosotros tampoco sabemos hacerlo
llegar porque nunca nos hemos dirigido a las masas. El
nacional-sindicalismo ha rechazado siempre cualquier estructura
social en la que no se contemple al individuo en toda su dimensión.
Toda estructura que en vez de contemplar al ser humano como portador
de valores eternos tenga incluso la desfachatez de dirigirse a él
con el genérico de consumidor. Para los falangistas la economía de
un país no la deben marcar las curvas macroeconómicas que nos dicen
que España puede ir bien aunque los españoles no lleguen en su
mayoría a final de mes. La economía son personas, no curvas. La
economía debe estar al servicio de las personas y de la nación y no
al revés. Y aunque en este contexto social que nos ha correspondido
vivir no podamos contraponer unos sindicatos, tal y como se hizo
durante la II República, contra los ahora domesticados por el dinero
y el poder; aunque, por no hablar del proyecto de Estado Sindical de
Salvador Merino, se nos antoje utópico asimismo el sueño de un
posibilismo dentro del Estado como realizó Girón; aunque el
silencio, el odio y el rencor sigan marcando cualquiera de nuestras
actuaciones públicas, nuestra misión será continuar denunciando las
injusticias de un sistema donde el hombre ha pasado a ser un
consumidor de los productos que el capital le ofrece tras explotar
para ello a otros seres humanos, donde el dinero controla nuestros
sueños y ambiciones porque todas son materiales, puesto que ya se ha
encargado la cultura basura de anular cualquier atisbo de
satisfacción espiritual; donde, en definitiva, el hombre ya no porta
valores eternos porque le han anulado la dignidad consiguiendo que,
una vez perdida esta, se sienta libre en su propia jaula.