No merecían morir y el jurado que los sentenció a la horca, lo sabía. Hasta tal punto eran conscientes de la atroz injusticia que iban a perpetrar, que uno de los comparsas del Capitalismo que formaba parte del jurado justificó las sentencias de muerte alegando que había que ahorcarlos “porque son hombres demasiado sacrificados, demasiado peligrosos y demasiado inteligentes”. Desde entonces, el 1 de mayo es la Fiesta Internacional del Trabajo.
Y lo cierto es que cuando uno evoca la lucha de los mártires de Chicago le echa la vista encima a la UGT, la marea de asco hace naufragar cualquier razonamiento lógico y ahoga la comprensión y hasta la piedad. Cuando uno evoca a aquellos sindicalistas de coraje y de pana, de pólvora y testosterona que con su impagable valor y con la fiereza de su lucha sacaron a los niños de los pozos de las minas y redimieron a los trabajadores de la infamante condición de animales de carga a la que el Capitalismo los había condenado, y le echa la vista encima a los ejecutivos horteras de CCOO, que viven de los Presupuestos Generales del Estado, la náusea se hace incontenible y la certeza de la estafa, incontestable.
El 1 de mayo de 2009, como todos los años, estos petimetres sindicales nuestros que no son “ni demasiado sacrificados ni demasiado peligrosos ni demasiado inteligentes” y que cobran de la teta del Estado porque no tienen el coraje suficiente para vivir a la intemperie de la independencia, montaron el picnic de siempre para mancillar, con esas lenguas suyas tan acostumbradas a lamer el culo del Poder, palabras tan hermosas como TRABAJO Y SINDICALISMO.